Las ruinas. Parte 2

el

Segunda parte del relato “Las Ruinas”.

Como siempre, gracias por leerme.

     Pensó en su universidad, ya no existía. En sus libros, reducidos a cenizas. En su familia, separada por toda Europa. Pero al menos seguían vivos.

El autobús se detuvo en el aeropuerto nacional de Grecia. Con cuidado sacudió el hombro a su hermana y le susurró que habían llegado.

-¿A dónde?- preguntó la niña.

Se le partió el alma. Ojalá le pudiera decir que habían llegado a casa, que volvían a estar en el que durante  años había sido su hogar.

Pero se tuvo que morder la lengua para no romper a llorar.

-Ya nos queda menos.- aseguró cogiendo las bolsas con una mano y con otra la de su hermana.

Estaban solas. Sus padres habían llegado a Polonia hacia unos meses y solo tras conseguir dinero suficiente, había separado a sus hijas de sus abuelos para embarcarlas en una travesía de varios días cuya meta era el país que sus antepasados habían abandonado varias décadas atrás.

Las dos solas habían surcado el Mediterráneo en una balsa de goma llevando como único salvavidas unos chalecos hinchables. Ese día Seda había creído morir.

A ella siempre le había gustado el mar, le encantaba pasar los veranos en la costa, nadando, buceando y riendo. Pero desde aquella noche tenía pesadillas con esa mancha azul que nunca más le podría traer calma.

Y es que esa noche había pensado que moriría. Que moriría y fallaría a sus padres al no poder proteger a su hermana. Pero nada de eso había pasado gracias a un velero de madera que había surgido de la nada, justo cuando lo daba todo por perdido.

Las azafatas les habían preguntado, al menos una docena de veces, si estaban bien. Si necesitaban algo. Si querían agua, una manta, un periódico o algo para comer.

Pero Seda había negado con una sonrisa. No tenía sed, tras las semanas en el campo de refugiados ya no tenía frío. Tampoco quería leer el periódico, solo quería olvidar. Poder cerrar los ojos sin ver el fuego o la destrucción. No podía comer, tenía un nudo de nervios en el estómago.

Esa falta de apetito le había arrebatado más que unos cuantos kilos, al igual que la guerra, se habían llevado su risa, su brillo y sus ganas de futuro.

Apoyó la frente en el cristal de la pequeña ventanilla esperando que el contacto frío le aclarase la mente. Pero no podía dejar de pensar que por fin, tras meses separados, de contacto esporádico a través de cortas llamadas, volvería a ver a sus padres.

El día que su madre, una mujer cuyos padres habían huido de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, le había dicho que  habían aprobado su re agrupación familiar Seda habían comenzado a llorar mientras a su lado, su hermana gritaba sin parar que iban a vivir.

Seda lloraba porque sabía que aquello no era normal, que una niña de diez años no debería alegrarse porque iban a vivir. Que una niña no tenía que temer la muerte, que no debía conocerla más que por la muerte de alguna mascota y no por el asesinato de sus amigos.

El avión tocó suelo y a su lado su hermana ahogó un grito de emoción.

-Seda, vamos a ver a mamá y a papá.- susurró en un estado de trance.

-Si.- murmuró con miedo.

No eran las únicas que temblaban cuando salieron del avión. Delante de ellos varias cámaras grababan al grupo que pisaba tierra polaco con el corazón en un puño y lágrimas en las mejillas.

Ni Seda ni su hermana eran conscientes de que su imagen abriría varios telediarios, sus ojos saltaban de los carteles de bienvenida a los ramos de flores que llenaban la pequeña terminal de Cracovia.

Y de repente su hermana gritó ¡Mamá! y cogiendo la mano de Seda se abrió paso empujando a los curiosos hasta llegar a la altura de una mujer que temblaba.

Se miraron, se observaron con lágrimas en los ojos.

-Mis niñas.- sollozó la mujer antes de abrazarlas.- Jesteśmy bezpieczni.

Estamos a salvo.

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