Las ruinas. Parte 1

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-Esto no es la escuela. Si estáis aquí es porque lo habéis elegido con mayor o menor grado de libertad,- el doctor hizo una pausa y les sostuvo la mirada.-, seguir estudiando. Realizar un grado universitario y dedicar vuestra vida a la cultura.

Nadie se atrevió a hablar, todos temían a ese hombre mayor, fundador de la rama de Estudios del Patrimonio de la Universidad de Alepo.

-Si habéis elegido esta carrera tenéis que saber que nadie os librará de leer al igual que tampoco de la cola del paro. Yo no me ando con medias tintas, a quien le guste mi docencia, que se quede; al que no, nos vemos en las recuperaciones porque nadie aprueba sin venir a clase.

Seda tragó saliva mientras sujetaba con fuerza el bolígrafo. Sin quererlo a su mente habían llegado varias preguntas. ¿Estaba realmente donde quería? ¿Realmente le gustaba la Historia? ¿Estaba preparada para la universidad? Y la única respuesta que tenía era la negativa a la última.

Pese a que le había ido bien en bachillerato, el verano sin tocar libros había mermado su confianza en sus capacidades intelectuales. Había intentado leer algo antes de iniciar el curso, pero su mente no asimilaba la sucesión de califas sobre los que leía.

Se sentía idiota.

Y ese sentimiento aumentó cuando notó los ojos negros del profesor clavados sobre ella.

-Usted, dígame un aspecto positivo del patrimonio.

Seda creyó que le estallaba el corazón.

-¿Yo?- preguntó para ganar tiempo pese a saber que  se dirigía a ella.

-Usted.

-Pues el patrimonio es algo… que no se puede des localizar.- lanzó al aire y contuvo la respiración.

-¿Afirma o pregunta? ¿Por qué?- y dirigiéndose a todos sus pupilos.- Cuando respondáis quiero una justificación o haré como si no hubiera oído nada.

-Es deslocalizable, tú no puedes llevarte una mezquita a otra ciudad.- y añadió tras recordar su último verano en Berlín.- Al menos a día de hoy.

-Correcto, el patrimonio es algo volátil, en el pasado se comercializaba con él. Si tenías el dinero necesario podías llevar a tu país uno de nuestros templos.

-Menudo hombre.- suspiró Seda cuando se quedaron a solas en la clase.-La presentación de su clase me ha subido la tensión.

-Pues trae tilas para las clases.- comentó con una sonrisa María.

Pese a haber entrado sin conocer a nadie, desde el primer día se había juntado a una chica de origen cubano llamada María de los Santos con quien había coincido por azar en el ascensor del edificio y desde entonces eran uña y carne.

-Me ha asustado.

-¿Y eso? ¿No sabías lo del paro?- bromeó sin ganas.- Necesito un café, ¿me acompañas?

En cuanto dejaron la clase, cambiaron de tema y empezaron a hablar de compras. El primer día de clase un veterano les había avisado de que en la facultad las paredes escuchaban y que si no querían meterse en jaleos evitaran criticar las clases en el pasillo, cafetería, biblioteca o baños.

-¿Cafetería o máquina?- preguntó Seda mientras bajaban las escaleras.

-Máquina que soy pobre.

-Cuestan lo mismo.- replicó extrañada

-Pero en la cafetería me tientan y compro un dulce de mil.- explicó María.- Y no sé si que me preocupa más, si mi línea o mi economía.

-Lo segundo, no tienes por qué preocuparte por la línea.

-¿Qué tal por tu piso?

-¿Hola?

Como no les respondió nadie, cerró la puerta y dejó caer la mochila a suelo. En las dos semanas que llevaba vivía en la residencia apenas había coincidido con su compañera de piso. Tenían horarios distintos y cuando ella llegaba de la universidad, su compañera ya se había ido. Abrió la ventana de la cocina para que se disipara el olor a comida y abrió el frigorífico para sacar lo que se había dejado hecho la noche anterior.

Mientras que sus amigos subsistían gracias a tupper que eran renovados cada fin de semana, ella vivía lejos de su casa y el no poder volver los viernes le había obligado a aprender cocina y organización a contra reloj.

Mientras calentaba la ración de pollo al curry y se preparaba un bol de ensalada, encendió la radio para tener algo que contarle a su madre cuando la llamara por la noche.

No era una chica casera, pero casi tres semanas sin ver a su familia empezaban a pesarle y en su calendario había marcado el puente en el que tenía pensado volver a casa.

Unos meses después.

Siempre había soñado con ver la Acrópolis, subir a la colina y aspirar el aire de la antigua colina sagrada de Atenas. Pero nunca había pensado que lo vería así.

Ni como turista ni como estudiante de arqueología. Si no como una chica sin patria. Como una chica expulsada de su propio país. Como una chica que huía para vivir.

Todas sus pertenencias, al menos las que no se habían convertido en polvo tras los bombardeos, se amontonaban entre barritas y chocolate en su mochila. En una mochila que hasta hacia unos meses solo había llevado apuntes y libros.

Lloraba de forma inconsciente al juntarse la tristeza con la impotencia mientras, a través del cristal del autobús que la llevaría a la frontera, dejaba a tras la vista de las imponentes ruinas. Aunque las ruinas ya no la sorprendían. Alepo, a  2.302 km de la acrópolis también había quedado reducido a polvo, casquetes y ruinas.

 A su lado su hermana pequeña miraba el paisaje sin llegar a verlo. Demasiada crueldad había sucedió frente a sus inmóviles ojos caoba.

Cerró los ojos para evitar llorar. ¿Qué culpa tenía su hermana? ¿Qué culpa tenía ella?

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