El mundo de la luz 6.

Hoy cuelgo la penúltima parte de una historia que no llegó a buen puerto.

Dime, ¿te ha gustado? ¿Tienes alguna idea, sugerencia o insulto?

Gracias por leerme.

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Estaban sentados en el suelo, uno enfrente del otro sin hablar y casi sin moverse. Eric había decidió optar por parecer sumiso pero Charlotte no bajaba el cristal que usaba como arma.
-Supongo que no te llamarás Charlenne.
-No.- dijo secamente.- Me llamo Charlotte.
-Charlotte.- susurró.- Deja el cristal, te estás haciendo daño.
Sabía que el cristal le estaba desgarrando la piel de la mano, pero el frío y afilado filo le hacía sentir poderosa y segura.
-Como se que no…
-No te voy a atacar, fíate de mí.- pidió en voz baja.- He descubierto hace tiempo que mentías y no te he hecho nada.
-Necesito pruebas.
-Me has curado la mano, te doy mi palabra de honor de que no te voy a hacer daño.
Charlotte le miró fijamente y valoró su palabra. Por norma general en su sociedad se consideraba que la palabra dada era la más alta promesa que uno podía hacer; pero no sabía si el mundo analógico se regía por las mismas normas que le habían enseñado.
-Me va a ayudar a escapar.- ordenó.
-Si.- cedió sabiendo que no podría entregarla.

No sabía por qué cedía, porque no hacia lo que debía hacer, dar la voz de alarma, avisar y entregarla. Tal vez porque le recordaba demasiado a ella….
-Espero que no falles a tu palabra, “analógico.”
-No suelo hacerlo, “corrientes”.
Charlotte soltó y el cristal y al ver el corte de su palma la acercó a la blusa para cortar la hemorragia ejerciendo un poco de presión.
-¿Duele?
-No.- mintió mordiéndose el interior de la boca.
-Mientes mal.
-Antes ha colado.- y al ver que se movía hacia ella, cogió con la mano izquierda de nuevo el cristal.- Quitecito.
-Solo voy a curarte la mano.- dijo haciendo la señal de la paz.-Quid pro quo.
Se sorprendió, siempre había pensado que los analógicos eran unos salvajes, analfabetos y que no perdían en tiempo con la cultura; mucho menos con una lengua muerta como el latín.
El silencio fue llenando las últimas horas de la tarde. Ni Charlotte ni Eric se atrevían a moverse o dirigirse la palabra. Ambos se observaban con recelo mientras que su interior todo lo que creían saber sobre la clase opuesta se desvanecía. Charlotte no le parecía una niñata pija, malcriada o que en la vida había hecho algo por ella misma, le había engañado, atacado y amenazado. A la chica Eric no le parecía ni un salvaje ni un inculto; le había sorprendido con latinismos, conocimientos de historia y unos modales que no acostumbraba a ver en situaciones informales.
Los dos tenían miedo. Si los prejuicios que tenían no se sostenían, ¿Cuántas más cosas caerían por peso propio si empezaban a hablar? Por eso callaban.
Callaron hasta que unos ruidos contra la puerta les hicieron sobresaltarse. Charlotte se lanzó hacia el vidrio mientras Eric se levantaba sin perder de vista. Que se armara todo lo que quisiera, no tenía escapatoria.
Pero lo que ninguno de los dos vio llegar fue la nube de humo que en cuestión de segundos cegó la estancia.
Eric recobró el conocimiento pero no abrió los ojos. Algo había salido mal. Algo no iba bien; supuso al notar unas ataduras en las muñecas. Respiró hondo, centró su fuerza en las muñecas, inició una corta cuenta atrás y con furia tiró de las ataduras.
Sin éxito.
Abrió los ojos y se encontró en el interior de un cuadrilátero gris ceniciento. Las paredes eran tan lisas y perfectas que reflejaban la luz de los candelabros sin crear sombras. Estaba solo, pero sentía que le observaban.
-¿Qué queréis?- preguntó a la nada.
A su derecha, un pajarillo mecánico aleteó y se posicionó frente a él.
-Vete.- ordenó con más curiosidad que miedo.
Así que esos eran los famosos e-colibríes, los culpables de la crisis del campo, la competencia directa de las abejas que habían acabado con sus labores de polinización.
En otra habitación, sin ataduras, tumbada en una inmensa, mullida y cómoda cama Charlotte fue volviendo poco a poco en sí. Algo mareada por los gases que había respirado en la antigua mueblería logró sentarse con la espalda apoyada en el cabecero de la cama y un nudo en el pecho.
Cuando el dosel se corrió sin que tuviera que mover la mano rompió a llorar.
Estaba en casa. Había regresado a su mundo.

 

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