El mundo de la luz 4

Tenía miedo, pese a que había logrado escapar sin la ayuda de los e- lienzos se había perdido y había acabado en un antiguo almacén de ropa donde tras rebuscar, logro dar con un conjunto masculino de montar equitación y una capa; al desprenderse de su caro vestido de seda y colarse dentro del áspero algodón se había permitido por primera vez, sentir pánico.

-Ya somos dos.- respondió sin reparar en que pese a estar en interior llevaba puesta una capa que dejaba a la sombra su rostro.- Me he clavado una astilla.

-¿Puedo?- preguntó alargando su blanca mano hacia la suya.

El tiempo se detuvo, Charlotte había decido que necesitaba ayuda para salir de ese edificio, reconocía que sin la ayuda de los e- lienzos o e- ayudantes se sentía perdida e inútil; no en vano había tardado casi veinte minutos en deshacerse de las lazadas que sujetaban el cuerpo del vestido a la falda. Por su parte, Eric no pudo evitar reparar en la delicadeza de sus manos, unas manos finas y cuidadas rematadas por unas uñas que con precisión cirujana extrajeron la espinita de madera.

-¿Cómo te llamas?- preguntó buscando con la otra mano un pañuelo con el que limpiar la sangre.

-Char…Charlene.- improvisó en el último momento.

-Eric.- se presentó besándola la mano.

La chica agachó la cabeza, recordando los modales que le habían enseñado en el internado para señoritas. Tras la reverencia, los chicos se quedaron mirando en silencio mientras el pañuelo blanco se cubría de sangre.

-¿En qué módulo vives?- le preguntó Eric.

Charlotte tragó saliva pero sonrió con un valor que no sentía.

-¿Por qué piensas que te lo voy a decir?

Aquello le sorprendió, no sabía si era por su carisma o por ser hijo de quien era, pero rara era la vez no conseguía una respuesta.

-Perdón…. No era mi intención ofenderte.- se disculpó avergonzado.

-Se me hace tarde, ¿me podrías acompañar a la salida?- le preguntó sabiendo que acompañada llamaría menos la atención que sola.

Charlotte suponía que llevaba un día retenida, ya que tras el plato de arroz había dormido hasta que la misma mujer que le había visitado la primera vez la despertó con una taza de té aguado y unas tostadas; después de varias horas en las que había desarrollado su plan de fuga, había vuelto con un sándwich de salmón.

-Código 5. Código 5. Se ha activado el código 5.

-¿¡Qué!?- preguntó la chica sobresaltándose.

Miró a su alrededor nerviosa, no sabía que significaba código 5, pero seguro que ese mensaje trasmitido a través de los viejos altavoces por todo el recinto iba por ella.

-Tranquila, será algún simulacro.- explicó Eric al ver que empezaba a temblar.- Dudo mucho que algún loco se haya escapado.

-¿Podemos quedarnos aquí?- suplicó y tras contar hasta tres, empezó a llorar.

Si había algo que Charlotte odia más que los e-gatos configurados por sus padres para vigilarla, era parecer una damisela en apuros. Pero supuso que con ese chico, tan… ¿cortes? Sería la mejor opción.

Y funcionó; las lágrimas de cocodrilo resultaron reales a Eric que no estaba acostumbrado a tratar con chicas, dudó sobre cómo actuar.

Código cinco significaba toque de queda y prohibición de salir del edificio hasta su desactivación, nunca se había activado y en teoría, solo se activaría en caso de fuga de algún prisionero.

-Seguro que…- empezó a decir y ante sus ojos, la chica se desvaneció.

Acostumbrado al trabajo en el campo, era rápido de reflejos y la sujetó antes de que cayera al suelo.

-¿Charlenne?- preguntó con miedo tras depositarla en uno de los sofás.

Respira, inspira, se repitió Charlotta intentado meterse a fondo en su papel de damisela en apuros. Pero su piel reaccionó manando mil señales a su corazón cuando una mano cálida y rugosa le apartó el pelo del rostro.

-¿Puedes oírme?

-Código cinco, código cinco. Cierren las puertas y no salgan. Cierren las puertas y no salgan.

Eric volvió a dudar, normalmente actuaba y luego pensaba, pero aquella tarde estaba demasiado aturdido como para obedecer como un robot a la voz mecánica.

Charlotte abrió lentamente los ojos y el chico suspiró aliviado.

-Voy a cerrar la puerta, ahora vuelvo.- pidió levantándose del suelo.

Corrió hacia la puerta de la tienda sorteando cachivaches mientras el altavoz no dejaba de repetir la consiga “Código cinco, código cinco. Cierren las puertas y no salgan.” Cerró la puerta y movió varios muebles para atrancarla según el manual de supervivencia que todos los suyos tenían que memorizar.

Charlotte se incorporó sin quitar la vista de encima ya que temía que la hubiera reconocido y fuera a dar la voz de alarma, pero el chico volvió a su lado y se sentó en el sofá.

-Tenemos que esperar 24 horas.- explicó en voz baja.

-¿Qué? ¿Tanto?- preguntó alarmada ante la idea de permanecer en territorio analógico.

Eric la miró sorprendido por la pregunta, el manual indicaba que en caso de activación del código 5, se debía permanecer 24 horas en la habitación en la que estuvieses. Por eso casi todos los espacios tenían el conocido como pack de emergencia compuesto por latas de comida, unas mantas térmicas, botellas de agua y un botiquín.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí?- preguntó con voz seria ya que el comportamiento de la chica le tenía completamente descolocado.

-Poco.- dijo sin mentir.

Eric asintió, creyendo que se refería a la última remesa de refugiados que habían llegado al edificio hacia apenas una semana. Por eso no le sonaba ni conocía el significado de los códigos.

-Si vienes de Londres deberías estar acostumbrada al peligro.- comentó intento relajar el ambiente.

-Londres no es peligroso.- replicó sin pensar.

-¿En serio? Con la tontería del aniversario ha habido detenciones y manifestaciones….

Charlotte sacudió la cabeza, ni en el internado, ni el club o en los jardines donde solía cabalgar se había sentido en peligro. Lo único que había encontrado diferente desde el anuncio de la fecha del aniversario era el aumento de e-animales que vigilaban la ciudad.

-Todo sigue igual.- repitió.

Eric la miró confuso. Sabía por sus padres que centenares de manifestantes habían sido detenidos por idean anti-revolucionarias y que en un actuación de e- perros mecánicos habían muerto 2 chicos de 20 años en uno de los suburbios más marginales de Londres cuando salían de un fumadero de opio; ¿en qué mundo vivía esa chica? Supuso que se encontraba ante una chica de una buena familia venida a menos.

-¿Cuánto sabes?- preguntó con cautela.

-¿De qué?

-De las revueltas.- respondió Eric como si fuera obvio.

-Poca cosa la verdad.- respondió recurriendo a su voz de niña bien.- Mis padres… Mi hermana murió de pequeña así que digamos que son muy… protectores conmigo.

-Tenemos tiempo, puedo ponerte al día.- dijo fascinado por los gestos de delicadeza de la chica.

-Vale.- admitió ya que cuanto más hablara él, menos tendría que mentir ella.

-Como sabrás- empezó su relato irguiéndose en sobre el sofá.- las cosas en la capital no van muy bien desde la e- revolución. Las máquinas ganaron la partida y la gente se quedó sin trabajo por la tecnología. Al principio no pasó nada pero desde hará unos cinco años la cosa se está poniendo fea. Los “corrientes” no hacen más que gastar el dinero en fiestas y estúpidos aniversarios mientras que la gente se muere de hambre o se ve obligada a volver al campo para sobrevivir.

Charlotte se mordió el labio ante lo que se consideraba el insulto por excelencia a los que, como ella, habían seguido de frente y no dado la vuelta ante la tecnología.

-Pero en el campo se está bien.- respondió recordando los veranos que pasaba en la campiña con sus tías.

-¿Tú crees?- preguntó Eric con sorna mientras levantaba la mano vendada.-La tierra ha estado años sin trabajarse, se nos han olvidado los consejos de antaño… La vida no es fácil.

-En Londres tampoco lo es.- murmuró con un suspiro.

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