El mundo de la luz 3

La e-revolución había supuesto un gran salto hacia delante en el desarrollo de Londres, Inglaterra y del resto de viejo continente; pero también había supuesto el reemplazo total de mano de obra humana por máquinas. Ya no había trabajo. Lo que un hombre hacía en unos horas, una e-máquina lo solucionaba en minutos sin un salario a cambio. Tampoco se necesitaban reparadores, ellas mismas se arreglaban o eran mandadas a la central donde e-reparadores reinstalaban los software de funcionamiento. Unos softwares cuya propiedad pertenecía a la nueva nobleza de Inglaterra. Todo esto había supuesto un éxodo urbano y las familias habían vuelto al campo en un intento de salir de la pobreza en la que vivía, pero aunque la tierra tenga memoria, tras siglos sin trabajar sin máquinas, la vuelta a la labranza y ganadería había sido más dura y lenta que lo que habían supuesto en un principio.

Eric apoyo la frente en los azulejos de la ducha mientras el agua fría rebotaba en su espalda. Era la época de labranza y pese a estar acostumbrado desde niño, las labores colectivas del campo se le antojaban excesivas; aunque aquella era solo la tercera jornada de casi dos semanas, ya estaba exhausto y soñaba con poder dormir más de diez hora, con no despertarse al alba para aprovechar las horas sin lluvia de cada mañana. Cuando notó que cada célula de su cuerpo se había acostumbrado al frío, giró el grifo y dejó que el agua caliente calmará el dolor muscular que sentía.

Cinco minutos después salió de la ducha y con una toalla alrededor de la cintura salió al pasillo de los dormitorios. Pese a ser quien era no tenía ningún privilegio y compartía habitación con otros chicos de su edad, tal vez la única ventaja de la que contaba era la localización de su caja en un extremo del dormitorio 15.

-¿A dónde vais?- preguntó al ver que varios chicos se estaban vistiendo con sus mejores ropas.

-Hay una reunión en medio hora.- explicó uno de ellos.

-Vale gracias.- agradeció sentándose en su cama.

Aunque se muriese de sueño, su ausencia en la reunión podía ser considerada desde una falta de respeto hasta un acto de rebelión.

Se levantó y tras elegir un conjunto que le hiciera pasar desapercibido entre la multitud salió del dormitorio preguntándose por qué sus padres habían convocado una reunión tras la jornada de labranza.

Cuando entró en el antiguo cine del centro comercial que habitaban, solo encontró asiento en una de los últimos asientos de la sala. Lo agradeció, aunque nunca se había sentido marginado, odiaba que cuando sus padres subían al escenario todas las miradas volaran hacia su persona. Mientras esperaba, llevó la mano al interior del chaleco de algodón que llevado, donde guardaba un pequeño puñal capaz de burlar los controles de seguridad del cine pero a la vez, capaz de cortar un cuello si fuera necesario.

Todavía faltaban cinco minutos para que empezara el discurso pero ya no cabía ni un alma más, los últimos en llegar buscaban cualquier hueco en las escaleras o intentaban ver desde la puerta. El chico se entretuvo intentando extraerse una espina de la mano, no recordaba haberse la clavado, pero le molestaba cada vez que doblaba el dedo índice.

 

Cerca, pero a la vez lejos de ahí cundió la alarma. Paul miró incrédulo al hombre que acababa de entrar sin llamar en su dormitorio sabiendo que solo un motivo de fuerza mayor le haría desacatar el protocolo. Por un momento pensó en su hijo, Eric. Pero cuando el hombre habló, incrédulo se llevó la mano al rostro.

-¿Cómo es posible?

 

¿Una reunión para animarles con la recolección? Eric se olía a gato encerrado, por lo que cuando las puertas se abrieron y el cine se vació, se dirigió hacia la planta superior del centro comercial para pensar. Se sentó en el suelo y con el filo de la navaja intentó quitarse la espina.

-Au.- exclamó al ver correr la sangre por su mano.

-¿Estás bien?

Eric se levantó sobresaltado por una voz que provenía del interior de una de las tiendas.

-Me has asustado.- rió aunque por lo bajo se maldijo sabiendo que se había quedado sin refugio.

-Perdón, yo…- tartamudeó una figura saliendo de las sombras.- me he perdido, estaba buscando la  salida.

-Está donde siempre.-respondió maleducadamente volviendo a centrar la atención en su dedo.

A pesar del corte, la dichosa espina seguía clavada en su piel.

-¿Necesitas ayuda?

-¿Te conozco?- preguntó mirando por primera vez con curiosidad a la chica que había llegada a su lado.

-No suelo… ser muy sociable.- improvisó Charlotte rogando que la ropa que se había puesto confundiera al chico.

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