El mundo de la luz 2

Le dolía la cabeza.

Fue en lo primero en lo que pensó cuando abrió los ojos y vio una pared blanca a menos de dos metros del catre en el que estaba tirada.
Intentando no alarmarse, hizo como si estuviera en esgrima y se sentó en la cama para analizar la situación antes de actuar.
No sabía dónde estaba. Tenía el vestido roto y el recogido desecho. Le dolía muchísimo la mano derecha.
Entonces su cerebro empezó a recordar lentamente, recordó que los e- lienzos no habían reaccionado a su tacto, que las luces se habían ido y una mano la había empujado al suelo. Recordó también que como acto reflejo había empezado a lanzar puñetazos al aire en un intento de librarse de la presión que la mantenía inmovilizada. Y luego el negro.
Se puso de pie y miró la habitación, no más de dos metros de ancho por cuatro de largo, un habitáculo de plano extraño cuyas paredes, sin ventanas ni decoración alguna, no reaccionaron a su tacto.
Entonces se asustó, sin la ayuda de los e-lienzos se sentía pérdida y presa del pánico empezó a aporrear la puerta pero lo único que logró fue hacerse más daño en la mano.
Abatida, asustada e intentando no hiperventilar se dejó caer en el catre y con lágrimas en los ojos acarició la tela de su vestido, lo único que sentía real en ese momento.
¿Qué había pasado? ¿Por qué la habían secuestrado? ¿Qué querían?
No supo si fueron horas o minutos los que pasó en silencio hasta que alguien abrió la puerta.


-¿Estás bien?- preguntó una figura que protegía su identidad bajo una capa y una máscara negra.
No respondió y cuando la figura se inclinó para dejar una bandeja en el suelo, Charlotte se levantó y se lanzó contra ella, pero la figura la bloqueó con facilidad.
-No queremos problemas.- susurró una voz femenina fría y afilada como el acero.
-¿Qué queréis?- preguntó intentado que en su voz no se notara el miedo.
-Hasta luego.- se despidió tras empujarla de nuevo al catre.
Salió de la celda sin responder a su pregunta y Charlotte volvió a quedarse con la única compañía de una triste bombilla.
Miró con recelo el plato de arroz hervido y pollo que había en el suelo junto a una botella de agua, cogió la segunda y solo tras comprobar que estaba perfectamente cerrada, la abrió para beber. Tenía miedo de que la comida estuviera envenenada.
-Idiota, si te querían muerta ya te habrían matado.- se insultó en voz alta en un intento de no sentir pánico por estar sola.
Tenía hambre, y el arroz le hacía la boca agua, pero a la vez temía que tuviera algún narcótico para inmovilizarla. Al final, el hecho de llevar horas sin comer ganó y olvidando los modales que se esperaban de una dama de su clase, devoró la comida.
Solo cuando se acabó el último grano de arroz se levantó y empezó a recorrer los ocho metros de su celda buscando cualquier indicio que desmintiera su mayor temor tras comprobar que estaba en un área sin cobertura.
Estaba retenida por un grupo de Analógico

Los analógicos. De pequeña les temía, se colaban en sus pesadillas junto a otros monstruos del imaginario infantil. Después, cuando creció, se dio cuenta de que no eran más que cuentos que se contaban a los niños para evitar que se portaran mal o desobedecieran a los e-cuidadores. De adolescente había supuesto que eran simple cuentos de niños y había hecho oídos sordos a los cotilleos que de vez en cuando circulaban por su elitista internado del norte de Inglaterra sobre una chica que se había fugado con un analógico.
Sin darse cuenta empezó a reír por los nervios que sentía, ¿analógicos? Eso era como decir que estaba secuestrada por el hombre del saco o por el coco. Esos eran monstruos que solo existían en el imaginario infantil. O tal vez no. De repente llegaron a su mente retazos de conversaciones mantenidas por su madre con colegas sobre una amenaza que estaba creciente en los arrabales londinenses. Aunque se suponía que como buena dama que era estaría dormida a aquellas horas, Charlotte disfrutaba de los momentos nocturnos en los que sentía su casa más suya que nunca sin los e-criados paseando por los pasillos o las máquinas limpiando los suelos.
Unos pisos más arribas, en lo que hacía siglos había sido un centro comercial del extrarradio de Londres, la mujer dejó la máscara en la mesa y miró a su superior.
-¿Se sabe ya si es ella?- preguntó con curiosidad.
-Sí, es la hija de la mano derecha de estado.- confirmó Paul, jefe local de los analógicos.
-¿Han emitido algún comunicado?
Paul negó con la cabeza, ocultando a su mujer las represarías que se estaban llevando a cabo. Detenciones, expedientes e interrogatorios a toda persona que no fuera 100% partidario de la e- revolución se estaban cometiendo de manera arbitraria. Pero todavía nadie había hablado en público del secuestro de la chica tal vez esperando a que ellos dieran el primer paso y explicaran sus intenciones. El ambiente era tenso, ambos bandos esperaban el movimiento del contrario para contraatacar.
-¿Convocamos una reunión?- propuso su mujer sabiendo que hablar en público siempre calmaba y animaba a su marido.
-¿Para decir qué?- preguntó suspirando y planteándose por primera vez si no había sido todo demasiado precipitado.
-Nada, tal solo para repasar nuestros ideales y avisar a los nuestros que se avecinan tiempos complicados pero a la vez necesarios para el cambio.
-Recuérdame que haría sin ti.- comentó levantándose de su asiento para abrazar a su mujer.
Ni treinta años de matrimonio, ni liderar la resistencia durante 10, ni criar en común a un hijo durante otros veinte habían mermado el respeto y el cariño que mutuamente se profesaban.

 

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