El mundo de la luz

-Ajustar.- ordenó Charlotte en voz alta y contuvo el aliento mientras el e-corsé se ajustaba solo.

Se miró en el espejo, por suerte la e- peluquera había logrado recoger su pelo liso y rubio en forma de tirabuzones que formaban una corana en lo alto de su nuca.

Charlotte se puso de pie en la plataforma central de su armario para ser vestida y no pudo evitar pensar en lo tediosa que debía ser la vida antes de la IV revolución industrial, esa de la que aquella noche se celebraría su primer centenario. Ella, sus amigos e incluso sus padres y tíos habían nacido en tras la Revolución Electrónica, la e-revolución como era popularmente llamada y por eso le costaba imaginar cómo debía de haber sido la vida de sus abuelos y bisabuelos sin la mágica de los cachivaches e, que te hacían la vida más sencilla.

Como siempre, la plataforma empezó a girar lentamente para que Charlotte pudiera apreciar su reflejo, la e- consejera de moda había elegido para la cena un escotado vestido de seda rosa palo, con una amplia pero no pesada falda cuya armazón estaba realizado según el milenario estilo victoriano pero que a diferencia de su antecesor, no pesaba nada y permitía regular su temperatura haciendo innecesario para la chica elegir un abrigo.

-¿Estas ya?- preguntó su padre tras tocar suavemente la puerta.

-Rímel.- ordenó frente al espejo y un pequeño pincel negro lo repartió convirtiendo en infinitas sus pestañas.

Aunque fuera coqueta, a veces la ceremonia de vestirse para una gala la abrumaba de sobre manera, le resultaba cansado dar órdenes al espejo o revisar el catálogo virtual de su armario; ella prefería ordenar un atuendo informal para ir a hacer deporte en el e-gimnasio del club; o pedir un bañador y activar el modo piscina de su bañera. Ese había sido su última adquisición, un software que creaba olas y corriente en su bañera, probando que al nadar tuviera la sensación de hacerlo en mar abierto.

Salió de su habitación cuando oyó que su padre, cansado de esperar, bajaba las escaleras que daban al recibidor.

-Perdón por el retraso.- pidió desactivando el modo recogido de la falda.

Ese era otra de las ventajas del vestido que había elegido, además del termostato, podía elegir si quería falda larga o por encima de las rodilla.

-Estás preciosa.-comentó su madre mientras abría la puerta de casa.

Charlotte sonrió coqueta ante una de las paredes que se había convertido en espejo.

-Sí, este corte me queda bien.- admitió admirando la curva que el corsé provocaba en su espalda.

-Vamos a llegar tarde.

Suspirando, Charlotte salió de su casa en el centro de Londres y entró en el coche autónomo que les esperaba. Su padre dijo la dirección y el vehículo se incorporó al denso tráfico de Londres. Como por fortuna su familia tenía el permiso A, el coche se elevó sobre el atasco y sobrevolándolo lo dejaron atrás.

Aunque hacía tiempo que había anochecido, el cielo seguía estando iluminado, esta vez no por el sol, sino por el reflejo de las farolas. Charlotte estaba emocionada, a media noche todo Londres apagaría la luz quedándose en completa oscuridad para el espectáculo pirotécnico del centenario de la  e revolución. Aquella sería la primera vez que la chica, al igual que otros cientos de londinenses, vería el verdadero color de la noche.

Con ese pensamiento en la mente el trayecto desde su residencia hasta la cúpula que protegía el Buckingham palace del paso del tiempo se le hizo más corto que de costumbre; antes de darse cuenta habían dejado atrás la recreación virtual del que fue el gran pulmón de Londres para acabar en la plaza circular que daba a la puerta del palacio real. Como siempre, atravesar la cúpula supuso una pequeña sacudida al vehículo.

Charlotte descendió del coche sin activar el modo corto del vestido, justo la noche anterior había visto una recreación del siglo XIX en la que se veía como un grupo de mujeres caminaban con el bajo del vestido sujetado entre los dedos, le había gustado el gesto y había decidido copiarlo esa noche. Quería diferenciarse de las demás chicas que seguramente se pasarían la velada activando y desactivando el recogido de sus faldas. Siguió a sus padres y esperó junto a ellos a que el mayordomo anunciara a través de un micrófono su presencia en la fiesta. Aquel hombrecillo le divertía al recordarle un pasado en el que eran personas las que hacían las tareas que ahora realizaban las máquinas. ¿Porqué palacio mantenía un puesto tan prescindible? Se preguntó frunciendo el ceño ante la duda.

Cuando su padre le cedió el paso, cogió con parsimonia la tela celeste del vestido  descendió las escaleras hasta el gran salón donde tras saludar a unos conocidos de sus padres, se permitió desaparecer entre los invitados al aniversario.

-Charlotte.

La chica se sobresaltó y soltó la copa, que no llegó a caerse porque un pajarillo mecánico la sujetó entre sus alas. Estaba tan absorta por la belleza de esas pequeñas máquinas que ofrecían bebidas a los convidados que no había escucho acercarse a sus amigos.

-Al final habéis venido.- comentó con merecido asombro.

Y es que era tan difícil ver a Marc fuera de la sala de esgrima del club como a su gemela Madison lejos del simulador de baloncesto. Ambos eran usuarios asiduos de las instalaciones, no como el resto de miembros que solo se acercaban al local para hacerse ver y pactar negocios.

-Te queda genial el celeste.- comentó Madison cogiendo una copa de uno de los e-colibríes.

-Necesito uno de esos.- murmuró Marc viendo como se alejaba el pájaro.

-Pídeselo a padre.- le propuso su hermana como si fuera la cosa más obvia.- Esta navidad voy a pedir el simulador de piscina que tiene Charlotte.

Mientras sus amigos iniciaban una discusión sobre los e-colibríes y los simuladores deportivos, Charlotte no pudo evitar admirar el contraste del pelo negro de su amiga y la seda roja de su vestido, un modelo que realzaba su busto y reducía a mínimos su cintura. Demasiado atrevido incluso para ella, pensó con una sonrisa, por lo que seguramente la elección del modelo había sido tramada como una venganza.

Además de ser una excelente jugadora de baloncesto, Madison poseía una mente maravillosa para planes de revancha.

-Bonito vestido.- comentó llevándose la copa de champán a la comisura de los labios.

-Oh, lo he elegido pensando en André.- confesó y le lanzó un guiño.

-¿Qué ha pasado?

El día anterior no había podido ir al club por lo que su amiga no le había podido poner al día sobre sus conquistas.

-Me llamó poco femenina.

Charlotte se atragantó con el champán y empezó a toser violentamente mientras Marc se reía escandalosamente.

La sala entumeció ante el sonido de una pequeña campanilla.

-Por favor, entren en el comedor- pidió el mayordomo abriendo una puerta de doble hoja.

En un segundo todos los e-colibrís levantaron el vuelo para retirar las copas y desaparecieron con los restos de bebida.

-Ahora os alcanzo, tengo que ir a retocarme.- se disculpó Charlotte sabiendo notando palpitaciones en las mejillas.

Salió en dirección contrario del resto de comensales y tras buscar en una pared donde está el tocador más cercano entró en él para comprobar, que como temía, su rostro había decidido imitar el tono del vestido de su amiga.

-Tono pálido.- ordenó sentándose en la silla.

Una lupa emergió del espejo y solo tras detectar el tono de su piel procedió a retocar el maquillaje.

Valiente chiquilla, pensó Charlotte mientras la arreglaban, solo su amiga se podía vengar de alguien que no la consideraba femenina llevando un vestido más propio para una cita romántica a media noche que para una comida con la jet set londinense y mundial.

Cuando la máquina acabó y solo tras comprobar que su rostro había vuelto a tener su habitual tono blanquecino, salió del habitáculo.

Para ahorrar tiempo y no llegar tarde a la cena, activó el modo recogido de su vestido para poder caminar por palacio con mayor facilidad.

Tras varios minutos admirando los corredores sin fin adornados con cuadros y objetos elaborados a mano, se dio cuenta de que se había perdido; con un suspiró se acercó a la pared y la tocó para activar el plano.

-¿Qué?- susurró cuando la pared no reaccionó.

Anda que tener un e-lienzo estropeado en palacio… Decidió girar y probar suerte en la opuesta, alzó la mano pero tampoco pasó nada.

Y de repente, se fue la luz.

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