Luna se ha cansado III

Hoy os traigo el final de la historia de Luna, espero que os haya gustado o que al menos os haga dado que pensar.

La última frase de aquella mujer la acompañó como un fantasma toda la tarde. En la clase de Pilates de las seis, giraba la cabeza y la veía escrita sobre el reflejo de su espejo. En la ducha de la noche, creyó visualizarlas a través del vaho. ¿Se estaba volviendo loca? ¿Era posible ver palabras? Temía que si lo fuera y  con un giro brusco de muñeca, cambió radicalmente la temperatura del agua deseando que choque térmico la despertara del horrible sueño en que creía vivir. Pero no fue así, el agua fría tan solo le provocó un escalofrío. Seguía estando allí, en su casa, el día después de haber ido al médico y con una caja de “pastillas de ganas de vivir” sin abrir.

-Mierda Luna, mierda.- se reprochó incapaz de encontrar una respuesta coherente las preguntas.

Media hora después, al salir de la ducha se envolvió en una toalla y con una taza de té entre las manos se sentó en la cama. ¿Debería tomarse las pastillas? ¿Necesitaba “ganas de vivir”? Luna creía que no, consideraba que era normal sentirse como se sentía, que era normal vivir con perpetua sensación de disforia.

No necesitaba las píldoras, decidió saboreando la bebida. Buscaría otro médico que le recetara “pastillas de Morfeo” y no de ganas de vivir. Ella no estaba deprimida.

O tal vez si…

¿Acaso no lloraba por las esquinas? ¿Acaso no había perdido el apetito? Lo que antes le provocaba pasión ahora le era indiferente. Ya no cogía los pinceles al volver a casa. Los botes de oleo mal cerrados se habían secado bajo el sol del mirador.

Luna se levantó de la cama y todavía envuelta en la toalla, cogió una de las pastillas recetadas. La sopesó, la estudió y midió visualmente. Apenas medio centímetro de comprimido envuelto en una capa de color blanco. ¿Aquello haría magia? ¿El tipo de magia que decían que ella necesitaba?

Cuando Luna se tomó la pastilla no era exactamente primera hora de la mañana y tampoco la tomaba en ayunas. Pero… ¿no había dicho alguien, alguna vez, que nunca era tarde para volver a vivir?

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