Luna se ha cansado II

Y con los músculos de la espalda agarrotados se quemó la lengua con el café. Restregó un poco de ajo sobre una rebanada de pan recién horneado antes de salir a su puesto de trabajo de media jornada y bien pagado.

Trabajó como lo haría un robot, intentando no pensar en la píldora que por desconfianza no había llegado a tomar ese día. Solo se detuvo a la hora del café, en la media hora que tenia de pausa debatió sobre una política a la que se sentía ajena, sobre un programa de televisión que no veía y sobre su manía de tomar el café sin azúcar. Su compañera de mesa, una chica algo mayor que ella llamada Verónica le sacó de sus cavilaciones con una pregunta.

-Luna, ¿Qué te pasa?

Por un momento quiso confesarle lo que le había dicho el médico, pero se mordió la lengua temerosa de que en realidad, Verónica solo quisiera cotillear sobre ella.

-He dormido mal.- respondió sin llegar a mentir del todo.

-Necesitas vacaciones.- sentenció como una consumada experta en temas de insomnio.-Oh… ¿no estuviste hace un mes en Cancún?

Luna detectó la envidia de su voz.

-Si, en marzo.

-Pues hija, que envidia he oído que es un lugar precioso. Si es que no paras.- luego pareció olvidar el insomnio de su compañera y se lamentó de su vida.- Juan y yo nos tenemos que conformar con pasar las vacaciones en el pueblo de su familia.

Mientras Verónica se dedicaba a lamentarse del pueblo a la vez que ensalzaba la importancia de la familia, el cerebro de Luna desconectó del mundo y volvió a preguntarse por qué no era feliz.

Luna consideraba que había tenido una infancia normal y corriente de la el único mal momento que recordaba era el día que su periquito dejo de piar y sin andarse con rodeos su padre le dijo: “Es ley de vida.” Desde aquel momento, esa sentencia se convirtió en su mantra. Cuando se lesionó y tuvo que dejar de hacer ballet se dijo que era ley de vida. Cuando sus padres le dijeron que no hiciera Bellas Artes pese a que era su gran pasión, aceptó  y reconoció que estudiar derecho era lo mejor para ella. Acabó la carrera con buenas notas y al año ya estaba trabajando en lo que todos daban por sentado que era lo suyo. Tenía suerte o era ley de vida. Lo mismo le daba a los demás.

Luna se consideraba amiga de sus amigos e indiferente a sus enemigos. También se consideraba buena dando consejos que luego era incapaz de aplicarse a ella misma.

Con una excusa cualquiera, se levantó de la mesa, tiró el vaso de papel  a la papelera y volvió a su puesto.

Su salida del trabajo coincidía con la salida de los alumnos de un colegio cercano. Obviando los atascos que provocaban los padres que aparcaban en doble fila ese era su momento favorito del día, solo comparable con el placer que le provocaba de niña el primer baño en el mar. Tal vez le gustaba ver las jaurías de niños que salían con las carteras llenas de deberes y las rodillas peladas porque le recordaban una época pasada, en la que la máxima preocupación era conseguir ese ansiado cromo; o tal vez, a esos niños le recordaban a los que por un error de juventud ya no podría tener.

Aquel día tras dejar que su mente vagase tras la visión de los niños y aprovechando que hacia sol, decidió comer en una de las terrazas. El plato recomendado con cariño por la cocinera del local le supo a nada.

-¿Te ha gustado?

-Muy bueno.- mintió dejando los cubiertos sobre el plato.

-Niña, no tienes buena cara.- le recriminó la cocinera.

-Mucho trabajo.

-La excusa de siempre.- se burló limpiando la mesa.- Llevo treinta años sirviendo comida a jóvenes como tú, consolando a desempleados y bajando los humos a  los promocionados. Llevo treinta años sirviendo el primer café de la mañana a caras ojerosas de trabajadores. ¿Y sabes que es lo único que ha cambiado?

-No.- reconoció con miedo.

– Esto.- dijo señalando con rabia los papeles que Luna había dejado al lado del vaso de agua.- Hace años eran papeles, luego ordenadores y por último móviles de pantalla enorme. Sois una generación que vive por y para la excedencia. Os criasteis bajo la tiranía de la televisión americana que os hizo creer que todo era posible, y mi niña, eso no es verdad. Tengo cincuenta años y se que nunca seré una actriz famosa, que tal vez mi restaurante no gane nunca una estrecha Michelin o sea reseñado en una guía extranjera. ¿Pero me ves tirando la toalla? No, no lo hago. Sé que hay sueños imposibles, pero no por eso dejo de luchar para servir comida nutritiva a precios razonables. ¿Y si un día me quiero rendir? Me pinto los labios de rojo y me dedico un poema de Bécquer.

Luna escuchaba a esa cocinera que se declara lectora de Bécquer con un nudo en la garganta. Tanta sabiduría, una forma de ser tan echada hacia delante…

-Yo…- empezó a decir bajando la voz.- Me han recetado “ganas de vivir”.

-¿Y porqué mi niña? ¿Acaso pasas hambre o frío por las noches?

No, el único frío que sentía era en el alma y ni siquiera bajo varias capas de mantas y edredones lograba calentar esa parte inmaterial de su ser.

-Lo que te pasa es que te has cansado de vivir. Es normal.- le tranquilizó.- Dicen que es una epidemia que en unos años llegará a pandemia. Que los jóvenes se despiertan sin ganas de salir de la cama. Que desayunan consultando la lista de cosas pendientes por hacer y que solo cuando vuelven a la cama, al final del día, se permiten hacer un balance. Pero no lo hacen como lo haría yo, olvidan lo que les ha salido bien y se centran en la meta que no han logrado cumplir. Esa meta muta a pulga y la pulga se les clava en las entrañas y a la mañana siguiente todo empezará de nuevo.

Pero al ver la cara de circunstancias que iba poniendo Luna casi sin querer, interrumpió su alegato y la miró sintiéndose por un momento madre de esa chica llena de indecisiones y temores:

-Dime, ¿eres feliz?

-Se supone que debería serlo.- se lamentó desesperada.

-¿Por qué se supone?

-Tengo trabajo estable, vacaciones, una casa a la que volver cada noche….

-Suenas igual que todos.- dijo y con un suspiró, la lectora de Bécquer volvió a sus quehaceres.

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La historia continúa…
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