Luna se ha cansado

El 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental…

El día que a Luna le dijeron lo que tenía, se le cayó el mundo encima. Aquella tarde ni oscura ni lluviosa, en menos de cinco minutos un doctor en una impersonal consulta de una anodina clínica le tomó las constantes vitales y le recetó unas pastillas a las que llamó por el nombre de “píldoras para vivir.”

Luna se vio con la receta de letra ilegible entre las manos y un miedo creciente en el pecho. ¿Qué tenía? ¿Por qué le recetaba aquel hombre “píldoras de ganas de vivir” si ella solo se quejaba de  insomnio?

El doctor, de nombre Buendía y apariencia normal, se reclinó sobre la mesa de madera y la miró fijamente. “Otra más” se lamentó para sus adentros.”Otra más, que sin haber empezado a vivir ya estaba agotada de hacerlo.”

-¿Presenta buen apetito?

Luna se mordisqueó el labio indecisa ante esa pregunta. Pese a que comía notaba como los calcetines le empezaban a bailar en los huesos del tobillo.

-Poco.- reconoció en voz baja sin llegar a separar los labios más de unos milímetros.

Los dedos de Buendía volaron sobre el teclado mientras su voz, impersonal y sin rastro de emoción alguna, lanzaba otra pregunta.

-¿Disfruta con lo que hace?

Luna bajó la vista hacia sus manos; antes, cuando pintaba, estaban de cualquier color menos el típico carne del resto de las personas. Normalmente se ganaba regañinas diarias y miradas de desdén por ser incapaz de quitarse los restos de óleo de las cutículas.

-No lo sé.

Los dedos del doctor volvieron a volar sobre las teclas y tras una pequeña pausa de unos segundos, le lanzó la última pregunta necesaria para confirmar el diagnóstico de Luna.

-¿Ríe?

Y  la chica rompió a llorar.

 

¿Cuándo había perdido la ilusión? Se reprochó Luna aquella noche con las píldoras en la mano. ¿Cuándo había dejado de pintar, de reír o de gozar con eso que llaman vida?

Buscando las respuestas deambuló por su casa deteniendo la mirada en cada fotografía  enmarcada que se encontraba.

Sus amigas le decían que tenía suerte, que viajaba hasta los confines del mundo, que cada día tenía una barra de pan recién horneado en la mesa y que su carrera profesional no hacía más que ir hacia arriba. Pero Luna no lo creía. Con una foto de su último viaje entre las manos se preguntó si había sido feliz. ¿No parecía dibujada la sonrisa? ¿Forzada la postura? ¿No hablaban sus ojos de tristeza? Pero claro, eso no lo veían sus amigas, tal vez porque ocultaba esas joyas verdes de su rostro tras grandes gafas de sol con el fin de evitar preguntas.

El doctor Buendía, sin rastro alguno de emoción o empatía ante sus lágrimas, le había asegurado que tras dos semanas tomando una píldora de “ganas de vivir” al despertar, volvería a sentir emoción y euforia.

Pero Luna no sabía si quería desprenderse del estado de disforia en el que le decían que vivía. Ella no lo veía así y no entendía porque si tan solo se quejaba de insomnio le habían recetado esas pastillitas rosadas que su mano se empeñaba en no soltar. Un reloj de la calle dio nueve toques anunciando las nueve de la noche, Luna devolvió a su sitio de la estantería la fotografía y entró en la cocina pensando que debería cenar algo.

Abrió y cerró la puerta de la nevera varias veces para acabar con una manzana en una mano y la derecha moviendo el dial de la radio sin saber exactamente que estaba buscando, hacía tiempo que la música le parecía repetitiva y que las noticias le deprimían.

La noche que a Luna le diagnosticaron “falta de ganas de vivir” la pasó como otra cualquiera, dando vueltas en la cama y acabando de leer un libro cuya historia no le interesaba. A la mañana siguiente se despertó como lo llevaba haciendo desde hacía meses, sobresaltada por la alarma del reloj despertador.

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