El futuro que nos tocó heredar.

Encendió el televisor y el café le supo amargo mientras el telediario de las 7:00 am pasaba revista a las noticias de guerra caos y desolación.

De pequeña, y tras graduarse, le habían dicho y hecho creer que el futuro le pertenecía. Pero, ahora, mientras bebía dando cortos sorbos el café, se preguntó que había hecho  para heredar ese mundo.

Se temía que le hubiera tocado heredar un mundo con vidas de primera y de segunda categoría.

Dejó la taza en la mesa y alzó la mano hacia el mando a distancia resuelta a cambiar de canal pero como casi siempre, la acción no mutó a hecho y notó rabia mientras la presentadora hablaba. Y luego, frustración.

Aquel día, en el trabajo, alguien propuso un minuto de silencio y ella se mordió la lengua queriendo ser capaz de alzar la voz y preguntar porque por ellos sí y por los demás no.

Al volver a casa vio las banderas del que no consideraba su ayuntamiento a media asta, y volvió a sentir rabia.

¿Por qué solo el mundo lloraba cuando Europa temblaba?

En el instituto, un profesor de inglés le había aconsejado leer periódicos en ese idioma, consejo que ella trasladó en sus días universitarios a la prensa alemana y francesa; tal vez por eso sabía lo que pasaba en el mundo y lo que se obviaba en España.

Volvió a casa queriendo gritar y llorar.

Por la noche, mientras el telediario de las 22:00 repetía las imágenes que ya habían puesto aquella mañana, volvió a sentir el llanto en la garganta y las lágrimas en las comisuras de los ojos. Sentía la necesidad de llorar, de haberlo no solo por las víctimas que muchos consideraban propias por su nacionalidad. Quería abrir la ventana y gritar al frío de la noche de marzo que lo que había sucedido aquella mañana en una zona de Europa era lo que pasaba cada día en Siria sin que nadie bajara la bandera o pusiera un lazo negro, sin minutos de silencio o sin preguntas sobre el devenir de la humanidad.

Aquella madrugada, sin poder dormir, se levantó y encendió el ordenador. Se metió en la página de una compañía aérea y canceló su inminente vuelo a París y se puso en contacto con un ONG, sabiendo que o hacia algo o no sería capaz de volver a dormir.

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