"El sindrome del turrón."

“Se sentía aliviada, por primera vez en su corta vida no era la única que experimentaba lo que su abuela llamaba “síndrome del turrón”.
Entre bromas y promesas de estudio se había despedido de sus compañeros de carrera y tras un largo viaje de seis horas por el corazón de España; por fin volvía a estar en casa.
Pero algo fallaba, normalmente cuando abría la puerta del piso, entraba en el pasillo con la maleta a rastras y olía la tortilla casera de su abuela una mezcla de morriña y alegría la envolvía. Pero esa vez no lo experimentó.

Aquella noche, como siempre que viajaba de noche, durmió hasta bien entrada la mañana; cuando se despertó y con ganas de ver frío subió la ventana, se sintió frustrada… ¿Porque brillaba el sol? ¿Porque paseaba la gente con el abrigo debajo del brazo?
Sintiendo que una parte de su infancia, la acostumbrada a mañanas de navidad nubladas, a temperaturas bajo cero y aires que cortaban la respiración, se marchaba lejos de ella para no volver cerró los ojos y contó hasta diez.
Ese año había sentido la euforia de la navidad cuando a mediados de noviembre florecieron los mazapanes y turrones en los supermercados, pero algo le seguía fallando.
Intentado poner buena cara ató con una lazada doble sus zapatillas de correr y lamentando no haber añadido a la maleta alguna camiseta de manga corta salió a correr.
Pasó delante de la casa de su abuela; pensado en parar a la vuelta, delante del parque donde jugaba de pequeña, del pequeño monte urbano al que según había leído le esperaba una nueva vida… Aceleró añorando el frío contra las mejillas y nubes de vaho al respirar. A lo lejos un reloj marcó las siete, como siempre, con toques de campana lentos y pausados.
Se sentía de vuelta pero todo había cambiado. Aunque solía pasar notaba que aquella vez no era cosa del cierre o abertura de una tienda. Aquella vez era algo que no sabría explicar con palabras.

Giró al llegar al puente de piedra y esquivando a turistas que apuraban las últimas horas del día atravesó el viejo arco y solo entonces, con la catedral de frente, enmarca en incandescentes luces de navidad,  y una ola de aire gélido en el rostro sintió que por fin había vuelto a casa.”

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