Mayada. Hija de Irak

Para Marzo tenía la misión de leer un libro que en cuyo título hubiera el nombre de una mujer.

Descubrí a Jean Sasson por azar, un día en la biblioteca me llamó la atención una portada y decidí darle una oportunidad a un ejemplar llamado “Sultana”.

Me gustó mucho, lo leí de dos tirones en dos días seguidos y al volver a casa, me lancé a buscar más de la autora.

Pero por desgracia, la autora triunfó en los 90 y 2000; y a día de hoy sus libros no se publican por lo que son difíciles de encontrar.

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Vivir en positivo

Tal vez pienses que es una visión muy simple, pero la vida o la vives en negativo o en positivo. Y con la primera opción no solo no vives, si no que no dejas vivir.

Estos días estoy leyendo bastante sobre las personas tóxicas y la influencia que pueden tener actitudes ajenas en nuestra vida.

Nadie tiene derecho a quemar todas tus naves de la felicidad, nadie debe traerte tormentas cuando tú habitas en un océano en calma. Nadie debe llevarte a esa deriva donde se esconden tus demonios internos. Busca gente que te inspire, no que prenda la chispa de tus incendios internos hasta el punto de “quemarte”.

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Nanacream

Mi curriculum de deportista tienen una tara y es que no me gustan, para nada, los plátanos.

Pese a que se que son altos en potasio y buenos para evitar calambres, no puedo con ellos.

Y mira que los he probado de todas las formas posibles, desde  verdes a maduros pasando por intentar comerme la flor.

 

Los he probado fríos, calientes y templados, en tortitas o triturados y solo me ha gustado así, triturado con algo de cacao sobre una rebanada de pan de centeno. Una especie de nocilla.

O así. Con textura de helado.

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El mundo de la luz 5

Aunque pudiera tener casi todo lo que salía nuevo al mercado, Charlotte solo notaba que tenía una vida plena cuando al hacer deporte, la adrenalina corría por sus venas. El problema era que tras su puesta de largo, esos momentos de libertad se estaban convirtiendo en aburridas reuniones sociales o entrevistas posibles pretendientes.
-Pues créeme cuando te digo que aquí es peor.- pese a que intentaba modular la voz, Charlotte no pudo evitar fijarse en el tono de rabia empezaba a nacer.- La gente huye de Londres por el hambre pensado que todo lo que plantas crece; pero lo que nadie les cuentan es que lo poco que crece en estas malas tierras se tiene que entregar como diezmo a los corrientes.
Eric soltó un bufido que la sobresaltó; el chico destilaba rabia hacia los de su clase, no hacía nada por ocultarlo y Charlotte se preguntó si estaba segura con él.
-Los mismos que se gastan lo poco que ganamos apagando simbólicamente- dijo gesticulando- las luces de una ciudad que solo ellos pueden ver brillar.
-No todos son así.
Charlotte sentía la necesidad de hablar y defender a los suyos; por lo que ella sabía los analógicos eran un grupo de vagos que habían decidido vivir en el campo para dedicarse a la contemplación e intentando emular a las sociedades pre e-revolucionarias. Eric la miró con
tanta atención que la chica sintió como si la fina red de mentiras que había tejido se evaporaba.
-¿En serio lo crees?

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El mundo de la luz 4

Tenía miedo, pese a que había logrado escapar sin la ayuda de los e- lienzos se había perdido y había acabado en un antiguo almacén de ropa donde tras rebuscar, logro dar con un conjunto masculino de montar equitación y una capa; al desprenderse de su caro vestido de seda y colarse dentro del áspero algodón se había permitido por primera vez, sentir pánico.

-Ya somos dos.- respondió sin reparar en que pese a estar en interior llevaba puesta una capa que dejaba a la sombra su rostro.- Me he clavado una astilla.

-¿Puedo?- preguntó alargando su blanca mano hacia la suya.

El tiempo se detuvo, Charlotte había decido que necesitaba ayuda para salir de ese edificio, reconocía que sin la ayuda de los e- lienzos o e- ayudantes se sentía perdida e inútil; no en vano había tardado casi veinte minutos en deshacerse de las lazadas que sujetaban el cuerpo del vestido a la falda. Por su parte, Eric no pudo evitar reparar en la delicadeza de sus manos, unas manos finas y cuidadas rematadas por unas uñas que con precisión cirujana extrajeron la espinita de madera.

-¿Cómo te llamas?- preguntó buscando con la otra mano un pañuelo con el que limpiar la sangre.

-Char…Charlene.- improvisó en el último momento.

-Eric.- se presentó besándola la mano.

La chica agachó la cabeza, recordando los modales que le habían enseñado en el internado para señoritas. Tras la reverencia, los chicos se quedaron mirando en silencio mientras el pañuelo blanco se cubría de sangre.

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